Por Latitud Megalópolis/Jafet Rodrigo Cortés Sosa

“Yo no soy de aquí, pero tú tampoco”.
Jorge Drexler

Aunque fueran unos milímetros de diferencia entre un punto y otro, me encontraba cada vez más cerca de volver. El camino había cambiado desde mi partida, la tierra era distinta; los colores, el aire mismo, emanaban una luz particular que me hacían desconocerle, sólo algunos vestigios del ayer indicaban que era el camino correcto.

Sin ser plenamente consciente de lo que estaba sucediendo, avancé en algunos tramos cobijado por la noche, otros, arrasado violentamente por la lluvia, el calor extremo u otras circunstancias que en ciertas ocasiones pesaban tanto que dolían, cuando las llagas del ayer reventaban. Lo cierto es que el ambiente golpeaba con fuerza en el ánimo, quitándome a ratos las ganas de seguir, de siquiera volver.

La misión desde el principio fue seguir adelante, y pese a las circunstancias atenuantes del viaje, la meta siempre fue lidiar con el ahora, que cada 365 paso me mostraba nuevamente a mí mismo.

Presente, pasado, futuro, mis tres versiones, convivían prisioneras del contexto que estaban viviendo; nos observábamos largos ratos, mientras el instinto cruel juzgaba quien fui, quien soy y quien podría ser. Lo cierto entre todo era que yo no era el mismo que fui, y nunca más sería el mismo que soy, todo cambiaba de un momento a otro, esa fórmula que siempre nos lleva a otro punto, pese a que volvamos al mismo lugar, una y otra vez, nunca será lo mismo que fue.

A veces apresuramos el paso como si eso evitara el encuentro con nosotros mismos y nuestros miedos, pero sólo aceleramos el ciclo que nos devuelve al momento de convergencia entre múltiples versiones de lo que pudimos ser, de lo que fuimos, de lo que seremos.

Pero entonces, ¿por qué corremos?, ¿por inercia?, ¿por costumbre?, ¿porque alguien más delante de nosotros lo hizo primero?, ¿corremos para sobrevivir?, a todo esto, me he preguntado sobre ¿por qué no vamos a nuestro propio ritmo?, pisando despacio, aquellos puntos donde nos sintamos cómodos, dándonos el tiempo de asimilar el viaje y las vivencias que tuvimos.

Nunca estamos en el mismo punto, nuestra naturaleza humana es andar, y pese a que geográficamente consideremos como importante establecernos, existe empujada desde nuestro pecho aquella necesidad por salir, migrar cuando las circunstancias lo ameritan, hacerlo para encontrar nuevas y mejores oportunidades de sobrevivir.

Vivimos el contexto mientras avanzamos, nos alimentamos de él, eso nos vuelve diferentes, aunque sea milimétricamente; nunca volvemos al mismo lugar iguales, siempre estamos en movimiento y esa inercia nos vuelve distintos.

Cambia en quiénes depositamos nuestra fe, en qué creemos; nuestras filias y fobias son distintas, aunque conserven el aire del ayer, así como aquellas aspiraciones que naturalmente construimos sobre papel.

Pero, al final de todo somos más que eso, somos una suma mermada por infinitas restas, somos la síntesis del tiempo, somos la herencia de quienes nos precedieron, somos la carne que alimenta el futuro de quienes vienen pasando atrás de nosotros.

Somos lo bueno y lo malo que nos compone, somos los sueños que ya no están, las pesadillas que hemos domado. Somos más, mientras caminemos, mientras sigamos avanzando, mientras sigamos en movimiento.

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