Por: Latitud Megalópolis/Jafet Rodrigo Cortés Sosa

La historia de terror comenzó con lo que parecía una sentencia de muerte; aquellas palabras retumbaban en eco, rompiendo los vidrios a su paso, llevándose toda luz que se encontrara en su camino. Los murmullos comenzaron a habitar las paredes roídas, el corazón escapó de su lugar asignado.

Las palabras que habían sido arrojadas de golpe, comenzaban a aparecer letra a letra frente a nosotros, quitándonos el aire; sudor frío esparciéndose, nerviosismo galopante, provocados por la idea de lo que podría suceder.

“Tenemos que hablar”, una sentencia de muerte que nos orillaba a sufrir, imaginando el tema, el tono de voz; recordándonos dolores que creíamos haber sanado; desvaneciendo el color entre la ausencia de una respuesta que llenara aquellos huecos que dejan a su paso aquellas palabras.

Sin aire, los demonios de alcoba encuentran un momento predilecto para devorarnos por dentro, hurgar aquellos trozos de nosotros que les parecen un mejor platillo para compartir; aprovechan para rompernos los huesos, dejarnos helados; sacarnos de balance, empujarnos al abismo.

Podría jurar que por lo menos una vez en la vida hemos escuchado esas palabras, que, pronunciadas en el momento justo, han puesto a temblar hasta a la persona emocionalmente más estable. “Tenemos que hablar” se ha convertido en un estandarte que evoca el peor y más lamentable escenario, en una condena a muerte que arroja toda esperanza al olvido; pero, ¿cómo es que el imaginario colectivo llegó a esas premeditadas conclusiones?, no podría saberse cuándo comenzó todo, pero lo cierto es que se ha construido un mito alrededor de esta frase.

La frase podría representarse por una llama que proyecta sombras diversas que nosotros interpretamos a través de las ideas preconcebidas con las que nos han alimentado desde nuestro nacimiento. Lo que construimos, tiene como material fundamental aquello que hemos vivido, por lo que no podría concebirse ninguna idea sin que ésta se encuentre formada de nuestro pasado, presente, así como aquellas ansias de futuro.

Si deconstruimos palabra por palabra su significado, desechando todo resquicio de dolor e incertidumbre que hayamos ocupado para moldearle, no tendríamos razones para que el corazón saliera huyendo de nuestro pecho, para que el sudor frío recorriera nuestro cuerpo, y la ausencia de tranquilidad transformara el ahora en cualesquiera de las peores versiones que tengamos en mente.

En realidad, en muchas ocasiones se vuelve indispensable hablar, hacerlo con la finalidad de no morir de a poco; externar aquello que sentimos; enfrentarnos al inevitable diálogo sobre quiénes somos y qué queremos. Se vuelve indispensable dejar de correr, detenernos un momento, desahogar aquel pesar que, quizás si llevamos más tiempo con nosotros, nos termine consumiendo la vida.

Quizás, más que una sentencia de muerte, sea una invitación a seguir con vida, salirnos del confortable silencio y dialogar acerca de lo que sentimos, escuchar lo que tienen qué decirnos; una propuesta para desanudar aquello que tenemos que deshacer con urgencia antes que terminen cobrándonos nuestra salud, antes que el tiempo siga pasando y las heridas se vuelvan cuantiosas de tratar, antes que las charlas se vuelvan batallas campales sin cuartel, donde todos terminemos perdiendo.

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