Ciudad de México.- Con el propósito de contar con una aplicación futura para mitigar de manera efectiva los efectos del cambio climático, un equipo de investigadores y estudiantes del Laboratorio de Ecofisiología de Sistemas Terrestres (LEET) del Instituto de Ecología (IE), de la UNAM, realiza trabajo de campo con nuevas especies de plantas distribuidas en el área de protección de flora y fauna en la Sierra de Álamos-Río Cuchujaqui, Sonora, una zona donde además de especies vegetales se conservan animales como el leopardo u ocelote, puma y jaguar.

¿Cómo sobreviven las plantas en regiones semiáridas de Sonora donde las temperaturas en ocasiones superan los 40 grados Celsius?, ¿Qué mecanismos básicos desarrollan estas especies vegetales para conservar y distribuir la escasa humedad que llega a sus estructuras? Para saberlo llevan a cabo campañas de campo en esa Área Natural Protegida de Sonora.

Se ubica cerca del pueblo mágico de Los Álamos, donde se localiza el límite de la selva baja caducifolia, pues al norte de esa región prevalecen ecosistemas desérticos”, explicó en entrevista la investigadora del IE quien encabeza el LEET, Tonantzin Tarin Terrazas.

En el lugar, Tarin Terrazas y sus colaboradores (tres investigadores del Instituto Tecnológico de Sonora, ocho estudiantes y dos posdoctorantes de esta casa de estudios y de la UNAM), miden directamente en los brazos de las plantas la presión que aumenta ante la carencia de humedad y disminuye en presencia de esta.

“La presión se llama potencial hídrico, y describe los mecanismos de la fisiología vegetal de las plantas; nos dice qué estrategia siguen para sobrevivir ante la presencia o ausencia de humedad”, comentó.

En su trabajo, los científicos utilizan una bomba portátil llamada cámara de presión tipo Scholander, parecida a un medidor de presión arterial humana. “Llevamos tres de estas bombas al campo y tomamos muestras de las nueve especies predominantes del ecosistema, pero debemos hacerlo de madrugada, antes de que salga el Sol, que es cuando las plantas han acumulado humedad durante la noche”, añadió.

Posteriormente, se toman más muestras cada dos horas y se percibe que el potencial hídrico comienza a hacerse negativo, revelando el comportamiento fisiológico de las plantas.

Básicamente es una fuerza que se mide con unidades de presión como el Bar y el Magapascal. Lo hacemos con una bomba de presión a la cual se le inyecta aire, y adentro de ella hay una muestra que tomamos de la hoja o de un pedazo de rama de la planta. La muestra se corta y se debe medir inmediatamente, por eso se lleva la bomba al campo para calcular los potenciales hídricos directamente, describió la científica.

La especialista destacó que entre más presión se necesita para mover esa agua contenida en la planta, quiere decir que esta permanece más estresada o deshidratada.

En el estudio, los científicos las agrupan identificando cuáles son perennes, caducifolias, leguminosas, así como cuáles llegan a los mantos freáticos para acceder al agua, o cuáles dependen solamente de la lluvia de verano.

Las especies en estudio son las más dominantes en la región, pero hay más. “Tratamos de entender no solo cómo funciona cada especie sino cómo este comportamiento fisiológico nos ayuda a explicar el comportamiento del ecosistema”. Queremos entender cómo el ecosistema es resiliente a los factores ambientales y la falta de disponibilidad del vital líquido, precisó Tarin Terrazas.

Aunque se trata de ciencia básica, este trabajo (apoyado por un Programa PAPIIT para 2022 y 2023) podría tener una aplicación futura para mitigar, de manera efectiva, los efectos del cambio climático en esa región de estudio.

“También nos sirve para hacer escalamientos desde lo que sucede en una planta a lo que ocurre en un ecosistema, así como modelar para plantear diversos escenarios futuros ante el cambio climático cuando, por ejemplo, llueva menos milímetros de lo esperado en cierta temporada”, finalizó.

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